LA CULPA ES DEL OTRO

Si, generalmente nadie recomienda hacer ciertos análisis en caliente y buscar automáticamente a los padres, tíos, padrinos o primos de la derrota. Mucho menos recomendable debe ser atacar a quienes podrían potencialmente contribuir a revertir el panorama negativo en caso de tener una segunda oportunidad para probar en la cancha a los pingos. Siendo un poco más concretos: ¿cómo podríamos explicar la reacción de ciertos espacios o personas afines al kirchnerismo en responsabilizar del resultado electoral a la clase media?  Tergiversando un poco a Don Atahualpa: no es la primera vez que vemos como discursivamente las victorias son de nosotros (y del proyecto) y las culpas son ajenas.

El PRO -ahora dentro de la coalición Cambiemos- viene haciéndole morder el polvo al FpV en las tres últimas elecciones de la Capital Federal. En las dos primeras ocasiones, bajo la figura de Mauricio Macri, y en esta última oportunidad con Horacio Rodríguez Larreta, donde el FpV ni siquiera logró asomar al candidato Mariano Recalde a una segunda vuelta, finalmente forzada por Lousteau.

¿Quién tiene la responsabilidad de que vuelen globitos amarillos en Ciudad desde hace casi una década –constitucionalmente serán doce de mandato- y tengamos que ver a Mauricio ensayando su mejor cara de trasvasamiento cultural y “bailando” en escenarios victoriosos? Para el sector que apoya al oficialismo nacional, en anteriores elecciones, parecería que solamente fue de los “chetos”, del vecino de Recoleta, Barrio Norte, del cacerolero de la abundancia. No se tuvo en cuenta la franja sur porteña. ¿También es “clasemediera” y “cheta aspiracional”?  Primer error del que evidentemente no se aprendió la lección.

Pasadas unas cuantas horas del ahora escenario evidentemente complicado y complejo de resolver en forma positiva hacia Daniel Scioli en la segunda vuelta, se observa lo que al parecer es y será para este sector oficialista el nuevo enemigo que conduciría a Mauricio Macri a sostener el bastón presidencial a partir del 10 de Diciembre: la clase media.

¿Cuál sería el beneficio o la motivación de buscar siempre un otro a quién responsabilizar sin hacer primero la tan esquivada autocrítica? Primero los “chetos”, ahora la clase media. ¿No se suponía que la clase media había sido la más beneficiada en estos doce años de crecimiento?  ¿No se suponía que la clase media somos todos y que había que combatir a los empresarios y conspiradores contra la patria que no la dejaban desarrollarse?

En casi todos los esquemas deportivos de equipo y hasta en los individuales, posteriormente a una derrota se hace autocrítica para tratar de corregir y mejorar en base a los errores cometidos. De ahí se aprende y eso es lo que fortalece. Te saca mejor parado en la cancha para el resto del campeonato. En este caso cabría hacerse y hacerles la pregunta “¿Autocrítica, tajaí?”.

¿Cómo alguien supone que despotricando y apuntando los dardos hacia ese objeto tan sociológicamente analizado y discutido como lo es la clase media se puede revertir un escenario políticamente adverso? Si. Porque si bien los resultados porcentuales dejaron una diferencia mínima de dos puntos de cara a la segunda vuelta, lo que está en juego no son los propios. Son los que eran propios y se fugaron del 2011 hacia acá.  Son en gran parte ese nuevo hecho maldito que es la clase media.

Tal vez sea mejor darse cuenta que ese 31.8% de electores independientes que el pasado domingo no votaron por Scioli o Macri no sean necesariamente un enemigo. Pertenecen a la clase media, pero también a las clases populares beneficiadas por muchas medidas económicas de inclusión, y puede que también estén agotadas y tengan nuevas aspiraciones. Porque el peligro para el oficialismo nacional de continuar con la misma retórica, sin autocritica, es que frente a una eventual derrota en segunda vuelta el potencial nuevo culpable sean “los pobres que no saben votar”.

Probablemente sea un ejercicio necesario el de la reflexión interna. Quizás sería más que prudente releer los resultados que arrojan las urnas, no como una revancha clasista sino como un pedido de autocrítica de aquellos que antes excluidos, hoy empoderados por las políticas publicas llevadas adelante en estos 12 años, reclaman. Tal vez sea tarde, pero el ejercicio es necesario al fin. Porque los días corren, y el balotaje se acerca.

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