LA CULPA ES DEL OTRO

Si, generalmente nadie recomienda hacer ciertos análisis en caliente y buscar automáticamente a los padres, tíos, padrinos o primos de la derrota. Mucho menos recomendable debe ser atacar a quienes podrían potencialmente contribuir a revertir el panorama negativo en caso de tener una segunda oportunidad para probar en la cancha a los pingos. Siendo un poco más concretos: ¿cómo podríamos explicar la reacción de ciertos espacios o personas afines al kirchnerismo en responsabilizar del resultado electoral a la clase media?  Tergiversando un poco a Don Atahualpa: no es la primera vez que vemos como discursivamente las victorias son de nosotros (y del proyecto) y las culpas son ajenas.

El PRO -ahora dentro de la coalición Cambiemos- viene haciéndole morder el polvo al FpV en las tres últimas elecciones de la Capital Federal. En las dos primeras ocasiones, bajo la figura de Mauricio Macri, y en esta última oportunidad con Horacio Rodríguez Larreta, donde el FpV ni siquiera logró asomar al candidato Mariano Recalde a una segunda vuelta, finalmente forzada por Lousteau.

¿Quién tiene la responsabilidad de que vuelen globitos amarillos en Ciudad desde hace casi una década –constitucionalmente serán doce de mandato- y tengamos que ver a Mauricio ensayando su mejor cara de trasvasamiento cultural y “bailando” en escenarios victoriosos? Para el sector que apoya al oficialismo nacional, en anteriores elecciones, parecería que solamente fue de los “chetos”, del vecino de Recoleta, Barrio Norte, del cacerolero de la abundancia. No se tuvo en cuenta la franja sur porteña. ¿También es “clasemediera” y “cheta aspiracional”?  Primer error del que evidentemente no se aprendió la lección.

Pasadas unas cuantas horas del ahora escenario evidentemente complicado y complejo de resolver en forma positiva hacia Daniel Scioli en la segunda vuelta, se observa lo que al parecer es y será para este sector oficialista el nuevo enemigo que conduciría a Mauricio Macri a sostener el bastón presidencial a partir del 10 de Diciembre: la clase media.

¿Cuál sería el beneficio o la motivación de buscar siempre un otro a quién responsabilizar sin hacer primero la tan esquivada autocrítica? Primero los “chetos”, ahora la clase media. ¿No se suponía que la clase media había sido la más beneficiada en estos doce años de crecimiento?  ¿No se suponía que la clase media somos todos y que había que combatir a los empresarios y conspiradores contra la patria que no la dejaban desarrollarse?

En casi todos los esquemas deportivos de equipo y hasta en los individuales, posteriormente a una derrota se hace autocrítica para tratar de corregir y mejorar en base a los errores cometidos. De ahí se aprende y eso es lo que fortalece. Te saca mejor parado en la cancha para el resto del campeonato. En este caso cabría hacerse y hacerles la pregunta “¿Autocrítica, tajaí?”.

¿Cómo alguien supone que despotricando y apuntando los dardos hacia ese objeto tan sociológicamente analizado y discutido como lo es la clase media se puede revertir un escenario políticamente adverso? Si. Porque si bien los resultados porcentuales dejaron una diferencia mínima de dos puntos de cara a la segunda vuelta, lo que está en juego no son los propios. Son los que eran propios y se fugaron del 2011 hacia acá.  Son en gran parte ese nuevo hecho maldito que es la clase media.

Tal vez sea mejor darse cuenta que ese 31.8% de electores independientes que el pasado domingo no votaron por Scioli o Macri no sean necesariamente un enemigo. Pertenecen a la clase media, pero también a las clases populares beneficiadas por muchas medidas económicas de inclusión, y puede que también estén agotadas y tengan nuevas aspiraciones. Porque el peligro para el oficialismo nacional de continuar con la misma retórica, sin autocritica, es que frente a una eventual derrota en segunda vuelta el potencial nuevo culpable sean “los pobres que no saben votar”.

Probablemente sea un ejercicio necesario el de la reflexión interna. Quizás sería más que prudente releer los resultados que arrojan las urnas, no como una revancha clasista sino como un pedido de autocrítica de aquellos que antes excluidos, hoy empoderados por las políticas publicas llevadas adelante en estos 12 años, reclaman. Tal vez sea tarde, pero el ejercicio es necesario al fin. Porque los días corren, y el balotaje se acerca.

EL SILENCIO

La selva era hasta ahora un destino inhóspito. Sierra y costa es fácil de conseguir. Ya había estado inclusive en ambas. Pero la selva no. Cuatro días en una finca a varios kilómetros del pueblo más cercano, sin agua ni electricidad. Ninguna expedición rara ni experiencia de viaje con las plantas medicinales que abundan en la selva. No; solamente cuatro días desconectado literalmente de todo eran suficientes.

La selva tiene algo muy característico que es la abundancia. Abundancia de frutos, de vegetación, de lluvia, de barro y sobre todo de seres vivos que conforman una orquesta natural indescriptiblemente hermosa. Estar sólo en un lugar así es solamente no tener con quién intercambiar palabra alguna. Pero para responder las preguntas de todos y cada uno de los diálogos mentales, hay abundancia de seres vivos. Hasta la intensa y constante lluvia se vuelve un interlocutor más.

No es tal vez un destino paradisíaco, pero sí uno distinto. Distinto para entender que muchas veces las respuestas más acertadas pueden venir de un espectáculo audio visual conformado por millones de grillos y luciérnagas en una noche donde la lluvia sobre chapa y madera funciona mejor como somnífero que cualquier otra cosa en el mundo.

Si hay algo que tiene el Pacífico es fuerza. La marea es fuerte. La corriente tira fuerte para adentro o para los costados. Las olas rompen fuerte.

Los primeros días costeños ese sonido casi ensordecedor me hacía acordar a los vientos patagónicos. Con eso me crié. Con escuchar el ruido del viento. Ese zumbido constante que, como dicen algunos, vuelve loca a la gente. Esta vez no, no era viento. Era la fuerza del Pacífico.

Y el Pacífico también dialoga. Uno fácilmente se queda hipnotizado viéndolo. Se lleva las preguntas y te las devuelve en forma de ola ensordecedora por la noche. Con fuerza. Con un sonido que parece amplificado ante el silencio de estar en un pueblo que puede ser perfecto para ir solamente a escuchar lo que la fuerza del mar tiene para decir. Es casi terapéutico. Y obliga a volver.

El mar habla todo el tiempo. A veces hace silencio. Serán dos o tres segundos que, increíblemente la rompiente no produce sonido alguno. Dos o tres segundos que se detiene todo hasta que el no tan Pacífico vuelve a hablar y con autoridad.

Con las montañas siempre me pasó algo. Es un romance desde que tengo uso de razón y es por haberme criado en zona precordillerana, casi seguro.

La montaña tiene esa mezcla de inmensidad con desafío constante. Esta ahí quietita, esperando que la conquistes. Pero no, no te la hace fácil. Es como una mina, esa que siempre quisiste desde que la viste por primera vez. Y ahí está la joda del desafío. Eso hace única a las montañas. Es un desafío constante físico y mental a la perseverancia. Como remarla con una mujer. No importa el desgaste, el esfuerzo al final siempre vale la pena.

A diferencia de la selva o la costa, las montañas tienen algo particular. Y es el silencio. El silencio en serio. Cuanto más alto se llega, menos se escucha. Cuanto más alto se llega, más claras son las respuestas. Las montañas tienen eso. Dominan el silencio y lo imponente, lo majestuoso. Es el respeto ante la inmensidad.

A veces se pasa mucho tiempo, meses quizás dando vueltas, buscando un sentido a las cosas. Tal vez no estaba planificada esa búsqueda, no era prioridad. Y la respuesta termina apareciendo sola de otra forma.

Sudamerica es costa y selva, pero es ante todo sierra y montañas. Esa es la espina dorsal del continente. La región andina, la cultura andina. El sentido no era tal vez deconstruir sino dejarse hacerlo. Era llegar un poco más alto y sufriendo el camino cuesta arriba;ahí donde sólo en el absoluto silencio de la montaña, la respuesta es más clara.

NUEVE

Nueve meses es un tiempo considerable. Está entre seis y doce, las cifras tentativamente base y límite que existieron en un plan original. Aunque los planes están para desarmarlos y rearmarlos constantemente. Esa es otra de las cosas que se llega a entender con el tiempo, con las experiencias vividas. Se sale con un plan o idea en mente que luego, inevitablemente, se deconstruye en el camino.

Nueve meses es un embarazo. Nueve meses es la gestación de una nueva vida en el cuerpo femenino. Nueve meses también es gestar un sueño, un conjunto de vivencias, anécdotas, aciertos y desaciertos. Y se termina aprendiendo bastante más de los últimos.

Nueve meses no es el cierre del ciclo. Es un aniversario más desde la última vez que se pisó la madre patria. Es un número más que no es menor. Es un mes más de auto demostrarse que se puede. Se pueden bastante más cosas de las que uno muchas veces piensa que puede.

Nueve meses es también el momento donde se bajan un par de cambios y se maduran proyectos nuevos. Dónde y cómo uno está parado. Hasta dónde se quiere llegar y de qué forma. Y volver. Madurar o empezar a gestar la idea de volver.

Nueve meses que lo encuentran a uno habitando en una ciudad serrana con cuatro ríos. Para alguien nacido y criado cerca de ríos y montañas, sentarse en paz a dialogar con corrientes de agua pura o adentrarse montaña adentro en soledad no es una actividad anormal. Se pueden encontrar más respuestas de lo que parece.

Tal vez para eso fue necesario cumplir un mes más afuera.

Sol de los arenales…
regada en sangre del bravo ceihuanquei.
Grito que está volviendo,
en tu desbocado potro pehuenche.

Del cielo la onda noche,
se oye del viento la serenata.
Tucos la luna prende
en la negra cimba de mi araucana.

Aguas que van,
quieren volver,
aguas que van,
quieren volver,
río arriba del canto prendido,
Neuquén quimey,
quimey Neuquén.

Sol que se está gastando,
en piedras,
lajas y turbias corrientes.
Besó la sombra india,
que vuelve crecida
de un sueño verde.

Ya madura el silencio,
por el agreste vientre de tus bardas.

Quiere rayen dormirse,
tiemblan sus entrañas,
enamorada.

Aguas que van, quieren volver,
aguas que van, quieren volver,
río arriba del canto prendido,
Neuquén quimey, quimey Neuquén

Quimey Neuquén
José Larralde

BARRO

                                        NEBLINA DE LA IDEOLOGÍA

-Ves la primer curva? Bueno, seguí el camino un largo rato. En la primer apertura, giras a la izquierda. Más arriba vas a ver otra apertura, en una pampa. Ahí giras a la derecha y largo por ese camino vas a llegar.

Me quedé mudo tres segundos. Debe ser un vicio o costumbre vocacional. No me estaba hablando de cuestiones ideológicas, sino de un sendero de montaña. Pero son paralelismos que, aunque no haya nadie con quien compartir el chiste momentáneo, se cruzan por la cabeza.

Muchos mantienen toda su vida el mismo sendero. Van siempre por izquierda, o van siempre por derecha. Están los que creen que van por un lado pero realmente caminan por el otro (doble vía del sendero?).

Es triste ver como se dan algunas bifurcaciones. Y a veces, era solo cuestión de tiempo.

El camino lo encaré solo. Bastante cuesta arriba, muy barroso y con piedras. Siempre que es cuesta arriba, se requiere mayor esfuerzo de voluntad. Mucho más estando solo. Pero vale la pena. Llegué a la pampa. No encontré una bifurcación clara. Lo único que se abría por derecha era otra ruta que se veía compleja y con excesiva densidad de vegetación. Y la niebla ya me estaba abrazando.

La niebla evidentemente sabe cuando aparecer. Cuando obligar a decidir volver. Cuando eliminar la posibilidad de girar por derecha, y mejor mantenerse por la ruta izquierda. De la vida, del sendero.

                                                          
                                                                SOLO

La soledad tiene ese doble juego de ser muchas veces necesaria y muchas veces mejor evitarla. Un gran momento de necesidad de soledad es en contextos de naturaleza. La naturaleza y uno. Uno con la naturaleza. Nada ni nadie más.

En la soledad de la naturaleza, en la intuición solitaria, un camino o sendero elegido puede ser la llegada a un lugar desconocido y mágico o una densidad de vegetación que empeora y dificulta cada vez más el paso. Esa es la mejor parte de la soledad. Y se disfruta más. De estar solo ante la nada y el todo mismo. No hay a quien consultar, de quién esperar un consejo. Nada. Nadie. La responsabilidad y presión es mayor, pero en definitiva es la que vale. Hace la diferencia entre volver sano y salvo, o estar entregado.

Se pueden hacer miles de cosas acompañado, y miles de cosas en soledad. Pero en la cancha del medio de la sierra andina es donde se ven los pingos. Una trayectoria en soledad con la civilización no tiene sentido si en plena montaña uno no tiene hormigueo en el culo.

                                                      PISAR EL BARRO

Nací y me crié en calle de tierra. Por suerte la asfaltaron ya de adolescente. La tierra con lluvia es barro. Con eso se aprende a convivir. De más grande, haciendo metáforas laborales, decía que me gustaba pisar el barro del conurbano. Y si. Era tensión y stress. Pero en definitiva me gustaba estar en el ojo de la tormenta. Lo disfruto. Es otra cancha donde se ven los pingos. Y lo sucio. No la suciedad propia, sino la ajena,contra la que hay que luchar y pisar. Pisar ese barro de la política.

Tanto en subida buscando la no tan famosa cascada grande, como en la bajada obligada por la neblina, pisé barro. Mayormente no me quedaba otra. El sendero estaba así. En bajada, en un par bastante empinadas, patiné. Culo y manos al barro.

Ya está. Mejor entregarse al juego. Todo el resto de la bajada pisé casi con énfasis cada charco barroso. Hundí los pies. Me divertí. Tal vez un acto de regresión. O una decisión personal de volver. De volver a la infancia en la que uno sabe divertirse jugando con el barro, o de volver a buscar pisar ese barro de la política, por el sendero correcto.

OCHO

– Te duele?

– No, va perfecto

– Sos de Argentina no?

– Así es

– Chévere

Cumplir ocho meses desde la salida del país arrancando el día bien bien temprano, como cualquier hijo de vecino ecuatoriano, haciendo la cola en el centro de salud público para conseguir turno de odontología no era tal vez el plan ideal, pero las circunstancias del viaje hicieron que así lo sea. Y encima odontología, una de las especialidades médicas más odiadas. Ya tuve que hacer lo mismo en Diciembre. Fila bien temprano, conseguir cita para el día y someterme a esa camilla de tortura. Grata sorpresa, el sistema de Salud ecuatoriano evidentemente funciona muy bien y la atención odontológica hizo que ni esa arma de destrucción y tortura llamada torno se sienta.

Y me pasó exactamente lo mismo que la anterior vez. Mezcla de sensaciones encontradas, de volver a entrar a una institución de salud pública del Estado me trasladan automáticamente a mi tío pediatra, que dejó literalmente la vida peleando por la salud pública de calidad en Neuquén. El olor a hospital, los pasillos, las salas de espera me remiten al Castro Rendón y a él y no quebrarme es imposible. Calculo que le hubiese gustado mucho que le cuente no sólo el viaje, sino lo que veo de cómo funcionan las cosas en la patria correísta.

                                                                                 ***

Hay algo que opera de extraña manera y debe ser en enorme proporción como consecuencia de las formas mediante las cuales se encaran ciertas experiencias, búsquedas y porque no, deconstrucciones. La tesis deconstructiva de una región no se remite como fue explicitado con anterioridad, solamente a los ámbitos deportivo, musical y gastronómico. Sentirse parte de un continente o ser esponja de él implica también desde adentrarse en ciertas cotidianeidades hasta sentir el dolor de una nación ajena casi como si se fuera parte de ella. Tal vez por haber sido criado en zona precordillerana, pero calculo que principalmente por haber recorrido gran parte de la región andina latinoamericana, la conexión que se entabla con los serranos va desde sentirse como en casa en una de las principales ciudades serranas del Ecuador hasta leer un libro-investigación sobre el conflicto armado interno en el Perú y tener la certeza de que es obligatorio, en el camino de vuelta, pasar por aquellas ciudades y regiones que fueron tristemente hechas célebres por el accionar de Sendero Luminoso. Pero Sendero Luminoso es un tema aparte, una vena abierta que quedará justamente para ser comprendida más adelante, haciendo cotidiana la zona de Ayacucho y sus alrededores. Mientras tanto sólo queda seguir leyendo, incorporando por otra parte.

                                                                                ***

Originalmente pensaba dedicar el post aniversario a Los Redondos. Nada muy enroscado ni analítico, ni siquiera deconstructivo. Pura conexión personal con una banda que funcionó como soundtrack en distintas etapas de mi vida. Desde haber vivido aquel 16 de Abril del año 2000 el último River con mi hermana hasta escuchar incansablemente la discografía original orgullosamente adquirida sin cansancio, y redescubrir constantemente nuevas cosas. Los Redondos calaron tan hondo que, más allá de una melomanía casi compulsiva para incorporar nuevas músicas, nuevos estilos y ritmos, nunca dejaron de sonar como bandera, como himno y como partes bien diferenciadas en las etapas de mi vida. No había aparecido el soundtrack oficial de este viaje hasta que una tarde entré a un cyber en Copacabana -Bolivia- y el ritmo pegadizo de Lobo, estás? que sonaba de fondo me hizo dar cuenta que no sólo me remitían emocionalmente -al igual que Ástor Piazzolla- a mi país sino que toda esta gira latinoamericana suena mejor con esas estrofas.

                                                                            ***

Deconstruir a veces es necesario y a veces no. Depende para qué o con qué objetivo. Hay cosas que es casi necesario analizarlas para entenderlas. Otras no. En un nivel de abstracción, deconstruir una región es parte de un proceso necesario, al cual se llega simplemente viviéndolo y tratando de ser parte de él lo más posible. Enroscarse tratando de analizar las letras de una de las mejores bandas es innecesario. Son cosas que se disfrutan sin mucha explicación. Porqué tratar de explicar la belleza de las playas, de las montañas, de las mujeres, del asado o de las letras de Los Redondos? Simplemente hay que saber disfrutarlas.

                                                                           ***

Condenada sangre, cosquillea tibia
(¡no se puede soportar!).
Fíjense señores, cuando esa tormenta suena,
provoca calamidad.
Por donde esas nubes van,
ya no late el animal, no late más.
Pasan los coches, ligeros
conductores mudos que amenazan con flipar.
El nene sopla el flequillo
el papi moquea brillo
(la radio…rata – ta – ta-).
El mundo es tan chico, viejo
sin embargo, nunca supe de alguien como vos.
Corrés con un gran golfa
colgando de las pelotas
y la vas de bailarín.
Por donde esas nubes van,
ya no late el animal, no late más.

                                           

LA COMUNA Y EL MAR

Los pueblos tienen ese no se qué. Un no se qué atractivo tal vez en mayores proporciones para quienes fuimos nacidos y criados lejos de la metrópoli capitalina pero supimos disfrutarla. Pero también tiene ese no se qué para los que sí aman y disfrutan lo caótico de las ciudades de furia. Ese no se qué de bajar cambios. De vivir un poco a otro ritmo.

Casi ocho meses de recorrido sudamericano, y cruzarse constantemente compatriotas o turistas no tiene sentido. Cansa. Por algo uno salió de viaje. Para empaparse de otras cosas. Cosas que uno no vive cotidianamente. Para vivir otras cotidianeidades. Respirar aire fresco y puro; aire local. Para deconstruir un continente hay que volverse esponja de lo local en cada lugar. Y en eso los pueblos son ideales. Expresan lo más propio y puro de cada región sea costa, sierra o selva.

La necesidad de frenar un poco, relajar y renovar energías hizo que lleguemos a la comuna de Libertador Bolívar, un pueblo lo suficientemente desconocido e inhóspito por la vorágine de viajeros y turistas que buscan en las costas ecuatorianas bañarse en el Pacífico del descontrol y las drogas all day and all night long.

Y la comuna de Bolívar tuvo ese sí sabemos qué, totalmente necesario y perfecto. Menos de 4.000 habitantes, apenas tres hospedajes, algunos comercios, productores de artesanía local (principalmente sombreros de paja toquilla) y varios carpinteros especializados en el trabajo con la caña. Y el sonido del mar. Para quien nació y se crió al sur del río Colorado,donde todos podemos ser catalogados como hijos del viento; despertarse y acostarse teniendo como soundtrack la fuerza de las olas y la marea del Pacífico, es una de las mejores terapias.

Libertador Bolívar resultó ser ese lugar donde la principal preocupación era levantarse antes de las diez de la mañana para poder comprarle pescado fresco a los pescadores que pasan en moto anunciando qué belleza de mar había en el día. Donde caminar hasta la verdulería sobre la carretera es saludarse con todos, siendo casi el único no-ecuatoriano pero sintiéndose un bolivariano más. Una comuna en la que antes de la medianoche de cambio de año se queman los viejos (muñecos que representan el año que termina) y después de la cena y el brindis se reúnen todos en la pista de baile callejera, al ritmo de las cumbias,bachatas y vallenatos locales.

El no se qué de los pueblos. De un pueblo frente al mar necesario para renovar energías, evaluar deudas cumplidas del año viejo y renovar las del año entrante.

DECONSTRUYENDO DEUDAS

La ausencia de una planificación a mediano-largo plazo para el caso de un viaje hace, justamente de eso, algo sumamente interesante. Léase y entiéndase de ahora en adelante viaje en la forma en la que al menos quien escribe estas líneas lo está haciendo: viajar por Sudamérica sin fecha fija de retorno.

Si bien no se establece una planificación absoluta, hay factores o variables que influyen o pueden hacerlo en el transcurso del tiempo. En la determinación de rumbos a seguir,decisiones a tomar,etc. Los tiempos son otros, claro está. Pero una decisión por más mínima que parezca o efectivamente lo sea, puede cambiar drásticamente el rumbo-no rumbo del viaje. Uno se vuelve un jugador full time. Y el juego de la no-certeza y las incertidumbres muchas veces es casi adrenalina. Jugador sin todas las herramientas, sin todas las informaciones necesarias y la mayoría de las veces sin ningún tipo de seguridad sobre el resultado. Pero es, en definitiva, el juego que uno decidió jugar cuando estaba armando la mochila grande.

Sin embargo, esta ausencia de seguridades y planificaciones certeras no eliminan otras variables. Variables deseo y motivación,  variables guía. Un deseo entendido como intención. Un ideal como motivación. La zanahoria delante del burro. Uno es el burro que se cuelga su propia zanahoria. Una deuda. La deuda de cumplir con un objetivo, un deseo y que eso active como guía. Quiero empezar por acá y en algún momento llegar a esto otro. Ya veremos cómo -incluso sin las planificaciones anteriormente nombradas- se llega a cumplir ese deseo/objetivo.

Hay una tradición o costumbre que suele hacer mucha gente-estoy totalmente incluído- todas las madrugadas en las que se cambia de año calendario. Comer doce uvas. Doce uvas que representan los doce meses del año siguiente. Por cada uva-mes, un deseo (una guía?). Mientras disfrutaba las doce uvas los primeros minutos del 2014, tenía la casi seguridad -o la firme decisión- de que iba a viajar. Era un jugador con mayoría de las cartas de mi lado. A comer las uvas y pensar deseos/objetivos/guías para tratar de cumplirlas en el año. Las que podía o dependían de mí. Eran deudas. Ni deuda con AFIP, ni deuda hipotecaria, ni con mis viejos o algún amigo. Deudas personales. Conmigo mismo. La propia zanahoria que uno se va colgando. Esa zanahoria que muchas veces sigue ahí mucho tiempo. Porque justamente es una deuda con uno mismo. Mi otro yo no va a dejar de pagarme, no va a dejar de hablarme y mucho menos dejarme en la calle por no saldar esa deuda. Simplemente da vueltas en la cabeza. Hasta que esa deuda sí se empieza a pagar.

Las auto deudas más importantes eran varias. Había objetivos también. Pero para cumplir esos objetivos había que ir saldando de a poco las deudas. Visto desde una perspectiva gramsciana, la estrategia no es asaltar el Palacio de Invierno de una. Sino ir de a poco. Guerra de trincheras. Deuda por deuda. Y muchas veces el Palacio de Invierno no es uno solo. Son varios. La multiplicidad de objetivos grandes multiplica entonces los caminos, los tiempos y reformula constantemente las estrategias a corto plazo. El juego cambia todo el tiempo.

Empecé el 2014 comiéndome esas uvas en forma de deseo, en forma de objetivo y en forma de deuda. Cerré el año habiéndo cumplido unas cuantas deudas y tal vez las más determinantes para darle impulso a lo que fue el año y sobre todo el viaje en sí. Para seguirlo. La ausencia de planificación a mediano-largo plazo en el camino más que un problema o contratiempo es entonces otro factor determinante. El viaje se vive en -y al- día a día. Es parte del juego que uno decide jugar, donde muchas veces se gana y el resultado se disfruta mucho más.

Negar o evitar una planificación es absolutamente válido. Es el factor adrenalina necesario. Lo que no se debe perder de vista y sostener son las deudas a cumplir, los deseos y las guías que son lo que en realidad, determinan y construyen el camino.